Impresionantes paisajes y montañas, extensas ciénagas, y cerca, a un par de horas, paisajes únicos de piedra tallada por miles de años por el agua y el aire, los Estoraques; el sur del departamento de Bolívar nos proporciona emoción a la vida, así definiría este lugar.

Ingresar a estas montañas nos va fusionando con ellas, con su inmensidad, ya no hay posibilidad de ser dueños y señores de nuestro destino.

Avanzamos al ritmo que la montaña nos permite entrar en ella. Poco a poco, se va abriendo la selva, sin prisa. Cuando se cree llegar a un lugar la selva se hace infinita, y más allá hay otro poblado y después otro más, cada uno con sus historias de colonización y sobrevivencia.

Entramos aún más y hallamos nuevas cosas: plantas, animales, ese monocromático verde que se ve a lo lejos, empieza a tener matices y formas, se convierte en mariposas, aves, mamíferos, quebradas, arboles, flores; deja de ser esa montaña de allá, para convertirse en un hábitat completamente vivo y en movimiento; arboles inmensos, pájaros de todos los colores, flores de una gran belleza, piedras preciosas, poblados llenos de gente.

Ahora que estamos fusionados con la selva, al otro lado de la montaña, sin control sobre nuestro destino, ¿Qué somos?