A unos 7° al norte y 73° al occidente, en la cordillera central, se encuentra el Sur de Bolívar, una región amplia, diversa y compleja, que contiene una riqueza invaluable. Pero más que una región, es un territorio que, desde mediados del siglo XX, se convirtió en un lugar de refugio y dignidad para los campesinos que padecían la guerra entre conservadores y liberales, guerra que despojó a cientos de familias de sus tierras. Desplazados por la violencia bipartidista, muchos campesinos emprendieron viajes hacia distintos lugares del país, entre esos -el Sur de Bolívar- una tierra ancestral, que tiempo atrás fue habitada por poblaciones indígenas como los Malibués, Tahamies y Guamocoes, que fueron masacrados por la conquista española. Durante los viajes por el Río Magdalena, la corona española, fue explorando esta región, llegando a lugares como Simití, allá en la ciénega, donde había un poblado indígena, y desde ahí, siguieron explorando y conformando pueblos a orillas del río. De esa manera, nació, Morales, Arenal, Cantagallo entre otros.

La historia del Sur de Bolívar como un territorio de refugio y dignidad, no es sólo desde mediados del siglo XX, sino que se remonta a la época de la colonia española, en la que los esclavos huían lejos de lugares centrales como Cartagena, Santa Marta, hacia zonas más distantes, en la que ellos pudiesen vivir sin estar sometidos a la esclavitud, formando pueblos como Arenal y Norosí. 

Allá, a ese territorio ancestral, con una larga historia de luchas y resistencias, fueron llegando campesinos de Santander, Antioquia, Boyacá, Caldas, Cesar, entre otros, realizando toda una travesía de colonización por el Sur de Bolívar, desafiando las condiciones geográficas de una región desconocida hasta por el mismo Estado. Unos se quedaron en las planicies, cerca al río Magdalena, habitando en pueblos como Simití, Cantagallo, Morales, Regidor, Río viejo, Barranco de Loba; otros fueron un poco más allá, adentrándose en las imponentes y densas montañas que nadie se había atrevido caminar, quizás por miedo, y también por lo difícil que era. Las personas que fueron entrando, fueron descubriendo la gran riqueza natural de todas esas montañas de la serranía de San Lucas, cubierta por muchos nacimientos de agua, que facilitaba el transitar por ella. 

Abrieron camino, avanzando la tierra -así llaman los campesinos al proceso de colonización- con la visión clara, de que la tierra es para quien la trabaja. Y con la fuerza y el coraje producido por el destierro generado por la pobreza y la guerra en Colombia, todas esas familias se fueron asentando en la serranía de San Lucas. Se juntaron todos y todas, hombres, mujeres y niños, ingeniándoselas con esa imaginación fecunda, propia de ese talente campesino y minero, para sortear las necesidades, como el hacer caminos en un principio, y luego carreteras, construir puentes artesanales para pasar las quebradas que se volvían violentas cuando se crecían, tratar las enfermedades con bebedizos con las propias plantas que le ofrecía la serranía, y en ocasiones transportar los enfermos en guando (hamaca) hasta doce horas de camino, dependiendo el lugar. El Estado no contaba, eran solo ellos y ellas, en esa imponente región. Fue de ese modo, que nacieron las comunidades del Sur de Bolívar, allá en la Serranía de San Lucas.

La Serranía de San Lucas, fue y sigue siendo un lugar de dignidad, en la que las comunidades agromineras luchan por la defensa y permanencia en el territorio, eso no se negocia con nadie. Sus montañas, han sido testigos de como las personas fueron entrando en ellas, y construyendo a peso de pulmón con pico, serrucho, hacha, pala y rula en mano, a diestra y siniestra, vida digna. La historia del Sur de Bolívar, allá donde se “descubre” la serranía de San Lucas, se refleja en las cicatrices de las manos de hombres y mujeres, que, con esfuerzo, valentía e imaginación lograron sacar adelante un proyecto de vida digna. Fue muy difícil, y es en honor de todo ese trabajo, que hoy las comunidades del Sur de Bolívar, siguen luchando por la defensa y permanencia en el territorio, poniendo en juego la propia vida, porque como dicen las mismas comunidades, la Dignidad vale más que la vida misma. Y Añaden, Porque sin Territorio No hay vida.